Nuestra historia
El camino personal que dio vida a Sana Balance: salud intestinal, hábitos conscientes, bienestar y la práctica ancestral del caldo de hueso como apoyo a la recuperación y el equilibrio.
Un año, una verdad y un comienzo
A medida que este primer año de Sana Balance ha avanzado, he ido contando parte de mi historia. La he editado, acomodado… pero nunca logro transmitir, como quisiera, lo profunda y dolorosa que fue para mí. Tal vez sea porque sé que allá afuera hay personas que viven situaciones aún más difíciles, y entonces escribir sobre algo que me hizo tocar fondo puede parecer ridículo. Pero bueno… ya que estás leyendo esto, te invito a imaginártelo como si tú lo estuvieras viviendo. Con un poco de empatía —y con algo de suerte— tal vez logre conectar contigo. O quizás, incluso, te sientas identificado.Mi historia personal
Soy Sara Cabarico, colombiana, millennial, diagnosticada con TDA a los 18 años. Llevo viviendo en México desde hace 11 años, y ¿qué te puedo decir? ¡Me encanta tu país! Desde muy joven conocí el alcohol y las fiestas, y esos mismos caminos me llevaron a tomar pésimas decisiones. Un diagnóstico que no entendía —el TDA— detonó en una depresión profunda que disfrazaba siendo “el alma de la fiesta”, “la que más aguantaba”. Los fines de semana lo eran todo. Así viví durante, tal vez, 15 años.El precio de los excesos
Si alguna vez has estado cerca del mundo de la fiesta, sabrás lo que implica: dormir mal (o no dormir), comer mal (o no comer), intoxicarse, el uso de sustancias, relaciones amorosas tóxicas, días perdidos, depresión… y el ciclo vuelve a empezar. Fue divertido por un tiempo, hasta que se volvió patético. Me llevó a múltiples enfermedades siendo tan joven (¡apenas 25 años!): hígado graso, sobrepeso, dermatitis atópica, alopecia areata, arritmias cardíacas, quistes en los senos… y lo que nunca había contado en redes sociales: pus y llagas dolorosas que me hicieron enfrentar una palabra temida: “cáncer”.El abrazo que lo cambió todo
Estaba en Colombia, deprimida y sin rumbo. Vendí lo poco que tenía para sobrevivir. En medio de la desesperación, mi familia me rodeó y me dio un abrazo que nunca olvidaré. Fue entonces cuando entendí que había tocado fondo y que era hora de cambiar.Cuando mi salud estaba a punto de quebrarse por completo, encontré el caldo de hueso. Sí, igual que tú: buscando soluciones.
Y aquí entendí algo importante. La mayoría de las personas queremos soluciones mágicas, no procesos. Los médicos me decían: “todo esto se puede revertir con mejores hábitos”, pero yo no estaba dispuesta a escuchar.
Ya era adicta. A la comida chatarra, al alcohol, al cigarro, al sedentarismo. Sentía que eso era lo normal: envejecer y enfermarse al mismo tiempo. Hoy sé que no podía estar más equivocada.
En ese momento comencé a experimentar con el caldo de hueso durante un viaje a Colombia. Fueron casi tres meses probando, fallando, ajustando y creando diferentes fórmulas. No buscaba algo perfecto, buscaba algo que realmente funcionara.
Cuando regresé a México me reencontré con mi esposo, que atravesaba una situación similar, aunque distinta. Él no tenía múltiples signos de enfermedad, pero sí sobrepeso, grasa visceral potencialmente peligrosa, poca energía y —como yo— pocas ganas de cambiar el desorden en el que vivíamos.
Ahí fue cuando empecé a trabajar profundamente en esto. A estudiar, a observar, a entender cómo se comportaba esta “belleza” que es el caldo de hueso. Mi formación en medicina veterinaria —especialmente en bioquímica, nutrición y microbiología— empezó a tomar sentido.
Sin saberlo, mi carrera me había preparado para esto: para llevar procesos microbiológicos, documentar correctamente, entender los macronutrientes, comprender el comportamiento de las proteínas y sus beneficios reales. No era solo poner agua, huesos y vinagre. Era mucho más que eso.
Hoy, la fórmula que consumes es una fórmula pensada, probada y hecha con intención. No nace de una moda. Nace de un proceso. De errores, aprendizaje, ciencia y experiencia real.
Si al leer esto te sientes identificado conmigo, quiero darte la bienvenida. Y quiero que sepas algo importante: no estás solo ni sola en este camino.
Como tú, existimos muchas personas con vidas reales, con trabajos, responsabilidades y pensamientos que a veces son difíciles de controlar. No todos vivimos en equilibrio perfecto todos los días, y eso también es parte de la realidad.
De mi parte, puedes esperar siempre calidad, intención y honestidad. Y de tu parte, te animo a algo muy simple pero poderoso: muévete, cuestiona, invierte tiempo en educarte un poco más sobre tu propia nutrición.
Vuélvete un experto de tu cuerpo. Escúchalo. Obsérvalo. Sé detallista. Aprende a leer sus señales antes de que grite.
Porque hoy lo tengo claro: envejecer ya no tiene por qué ser sinónimo de enfermarse. Envejecer también puede significar conciencia, fortaleza y una mejor relación contigo mismo.
Y desde ahí, desde lo real y lo posible, es donde empieza todo.
